MI VOCACIÓN
Mi nombre es Saúl Marrero Rivera, tengo
20 años y estoy cursando mi segundo año de filosofía. Mi vocación comenzó
desde que yo nací, pero no pude prestarle atención a lo que me decía el
Señor. Siempre estuve rodeado de sacerdotes, no de muchos, pero estaban
ahí. Yo me acuerdo que en casa de una tía (tolín), por parte de
padre, era en donde podía ver y sentir la presencia del sacerdote, como
amigo y familia. Me acuerdo de una ocasión en especial, cuando nosotros
llegamos la casa de mi tía estaba el obispo (Iñaki Mallona, Obispo de
Arecibo), mi hermano y yo nos pusimos a hablar con el. Siempre tuve una
enseñanza católica en mi hogar, mi madre nos sentaba en el sofá y nos ponía
a rezar el rosario, íbamos los domingos a misa como todas las demás familias
y a veces en ocasiones especiales. Mi vida era “normal”, hasta que
comencé la escuela superior, en donde mi fé comenzó desapareciendo y un poco
empezó a rellenar aquel hueco la ciencia. En mi no entraba la creencia de
que Dios podía ser tan inmenso y que lo podía hacer todo. Para mi la
ciencia fue aquella solución rápida que cubría de color rosa todas mis
inquietudes y preguntas acerca de la vida. Yo me engañé haciéndome creer
que esa eran las respuestas, a las preguntas que solo Dios podía
responderme. En el grado duodécimo conocí a una compañera de clase (Lorraine),
con la cual me hice novio y estuvimos por un año y cinco meses juntos.
Termine cuarto año y comencé a estudiar delineante en el Liceo de Arte y
Tecnología en Hato Rey, en el cual estuve un año y cuatro meses. Fue aquí
en donde comenzó “el llamado de Dios” y mis grandes dolores de
cabeza, no porque fuera malo, sino era por aquella lucha constante por
buscar que era lo que sentía. Me acuerdo que a veces sentía algo que me
decía “sacerdocio” y cuando lo sentía comenzaba a buscar información
sobre esa palabra y al encontrarla mis ansias se calmaban. Varios meses
después no pude aguantar lo que sentía y decidí decirle a mi madre lo que me
ocurría, ella quedo sumamente impactada cuando se lo dije. Varios días
después fui hablar con el párroco de la iglesia a donde asistía (Parroquia
Nuestra Señora de los Siete Dolores, de Corozal) el con mucho entusiasmo y
amabilidad me escucho y me dijo unos consejos que le sirvieron a el en su
vocación. P. Ramón Olivera (él párroco) me puso en contacto
con el antiguo rector y ahora Obispo Auxiliar de San Juan, Mons.
Daniel Fernández, quien hizo una cita conmigo, en mi casa, para
poder hablar sobre lo que sentía. P. Daniel después de hablar conmigo me
invito a los llamados pre-seminarios en donde estaba con otros muchachos que
tenían la mismas inquietudes que yo. Mi familia lo tomo como una gran
sorpresa, a la que todos me apoyaron, mi padre fue el único que tuvo un poco
de dificultad para entender lo que Dios quería para mi, pero creo que Dios
le toco el corazón para que pudiera aceptar aquel camino. Yo le agradezco a
Dios el trabajo que hizo con mi familia, porque siento una unión, de amor,
mas fuerte entre todos. Pero una tarde Dios quiso darme aquella última
respuesta que afirmo que lo que el quería para mi era esto. Aquella tarde
yo volvía del Instituto con mi padre y casi llegando a mi casa nos
encontramos con un hombre tirado en el suelo que tenia un impacto de bala en
el abdomen, aquella escena tan fuerte dio un gran giro en toda mi vida, yo
no podía hacer nada por aquel hombre, pero lo único que hice fue rezar. Ese
momento lo guardo en mi corazón y es aquel aliento que me ayuda en los
momentos difíciles, con solo pensar que Dios me ha escogido a mí para poder
confortar y ayudar sacramentalmente a aquellos que esperan una palabra de
aliento en sus últimos momentos. Después de aquel momento mi respuesta tuvo
sentido y entre en el seminario en Enero del 2006 y hasta ahora no me
arrepiento de la decisión que tome, porque vale la pena darlo, sin
esperar nada a cambio. Lo único que les pido es que oren por mí y
por aquellas almas que algún día estarán en mis manos. Gracias por dar de
su tiempo para leer mi testimonio y espero que les haya servido de mucho.
Que Dios les bendiga.