¿Que me llamó a mí?
“¿Cómo supiste que el Señor te llamaba al sacerdocio?” Es algo que me han
preguntado en muchas ocasiones. Y es algo que me encanta responder, porque
lo considero como el mayor acontecimiento de mi vida. La vocación (llamada)
para mí ha sido un comenzar a darme cuenta de quién soy. Porque, muchas
veces los jóvenes andamos por la vida sin darnos cuenta de quienes somos. Y
lo peor que le puede pasar a cualquier ser humano es terminar esta vida sin
haberse dado cuenta de quién es.
Estando ya en la escuela superior (“high school”) comencé a asistir al grupo
de jóvenes de mi parroquia (La Resurrección, Ponce, Puerto Rico). Hasta
entonces era un adolescente más, que iba algún domingo a misa, otro no, y
así se me iba la vida sin darme cuenta de lo más importante. Estando ya en
el grupo de jóvenes un amigo me invitó a ser joven del altar, y acepté.
Estos acontecimientos fueron acercándome al párroco (Mons. Roberto García
Blay), de tal modo que se convirtió en mi amigo sin dejar de ser padre. En
el verano del 2001 unos ocho jóvenes junto al P. Roberto comenzamos una
experiencia de comunidad, intentando tomarnos más en serio la vida
cristiana. Todavía hoy pertenezco a dicha comunidad que ha sido una realidad
importantísima para mi perseverancia en la vocación. Además de conocer mejor
al sacerdote de mi parroquia, junto a él conocí a otros sacerdotes y me fui
dando cuenta de la naturalidad con que vivían su vida sacerdotal. Eran
hombres normales, verdaderamente hombres, no “cosas extrañas”, como antes
pensaba que eran los sacerdotes. Y la vida de estos sacerdotes que sabían
llevar tan gran tesoro, con tanta alegría y naturalidad, realmente me
cautivó y me sentía llamado a esta vocación.
Cuando se acercaba mi graduación de escuela superior, decidí irme a la
universidad para estudiar ingeniería, pero con la lucha interior. Estando en
la universidad, iba a mi pueblo sólo los fines de semana. De tal manera, que
sentía en mí una doble vida, una de lunes a viernes (en la universidad) y
otra de viernes a domingo (en la parroquia). Hasta que un 25 de abril de
2003 decidí manifestarle al P. Roberto mi intención de entrar al seminario.
En realidad, fue sólo aceptar las proposiciones que él ya me había hecho,
directa e indirectamente, para que entrara al seminario. Para muchos fue una
alegría, e incluso, ya se lo imaginaban; pero para otros (la mayoría), fue
una sorpresa y no lo creían, sobre todo los compañeros de la universidad y
la escuela.
Hoy llevo cuatro años en el seminario y en realidad soy testigo de que “lo
mejor que le puede pasar a un hombre es que el Señor lo llame a la vida
sacerdotal”. Muchos instrumentos utilizó el Señor para que yo me decidiera
responder a esta llamada: Padres, abuela, grupo de jóvenes, algunos
comentarios… Todo esto y más, me mueven a afirmar con toda certeza que
“Ser sacerdote, una bendición. Ven y verás”.