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Hector Echevarría Román

 

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                                                                                          ¡FIAT!

 

Cuando era niño e iba todos los domingos a la Iglesia me llamaba la atención las acciones y los movimientos del sacerdote, entonces decía: yo quiero hacer lo que el hace. Como niño al fin, lo hacía, me ponía una sábana por encima, usaba potes de habichuelas como cáliz, platitos como patena y los bordes del pan especial eran las hostias que yo “consagraba” y mi hermana que era un año mayor que yo participaba de mis “misitas”. Entré a los monaguillos y me encantaba servir en el altar. Pero al paso de los años dejé de ir a la iglesia y olvidé mis aspiraciones, pero Dios no las olvidó…

 

Entonces el lluvioso día 8 de agosto de 2002, dos de mis hermanas y yo tuvimos un fatal accidente automovilístico de camino hacia la escuela donde la hermana que participaba en mis “misitas” falleció, tenía 14 años. Pero lo que aun me sigue sorprendiendo luego de unos años es como Dios salvó mi vida y mi salud por partida doble. La primera razón es que antes de salir yo estaba sentado en el lugar donde Yeiny (Q.E.P.D.) falleció, o sea, que ella me sacó del lugar donde yo estaba para sentarse ella y sin saberlo me salvó la vida. La segunda razón es que yo estaba sentado a su lado y sufrí aunque en menor escala el embate de una guagua escolar contra nosotros. Me llevaron al hospital, tenía toda clase de traumas e iba a quedar paralítico según los exámenes. Me trasladaron a Centro Médico para operarme de emergencia, pero antes rehicieron los exámenes, y resultó que solo tenía una fractura en la pelvis que sanaría sola porque solo tenía doce años y estaba en pleno crecimiento. El 9 de septiembre de 2002 volví a caminar y el 11 del mismo mes visité por primera vez el panteón de mi hermana, donde me entró la inquietud de volver a la Iglesia y así lo hice. Volví a  la Iglesia, regresé a los monaguillos e hice la Confirmación.  

 

Entonces el día 21 de noviembre de 2004, a las 3:00 pm aproximadamente mientras hacía el rosario delante del Santísimo, sentí dentro de mí una irrechazable sensación de llamada al sacerdocio, pero en ese momento lo ignoré. Al pasar los días la inquietud seguía cada vez más intensa, hasta que en medio de mi oración dije: Sí quiero, creo que nunca en mi vida había experimentado una felicidad tan grande. Luego mientras cursaba mis grados superiores, surgió una nueva duda, entonces preguntaba al P. Jery Rivera (entonces vicario parroquial): ¿Qué hago, voy primero a la Universidad o entro al Seminario? Entonces el no me contestaba concretamente, sólo me decía: “reza mucho” y al pasar los meses me di cuenta de que no existía otra contestación más cercana a la realidad…

 

Entonces el día 12 de agosto de 2006, en una actividad de monaguillos llegó la tan ansiada respuesta a mi pregunta acompañada de una palabra de gran significado en la Encarnación: “FIAT” que significa “hágase” y fue la contestación que nuestra madre la Virgen le dio al Ángel en el momento de la Anunciación. Esa palabra sella el comienzo de los esfuerzos para llegar al Sacerdocio. En ese momento supe que Dios me hablaba a través de mis hermanos y desde ahí me dispuse a enfrentarme al mundo y cumplir la voluntad de Dios. Comencé a venir al Seminario, a participar más activamente en la Iglesia y a dedicarme a escuchar la voz de Dios. Luego de varios meses de contacto con el Seminario, fui admitido y comencé el proceso formativo camino al sacerdocio.

 

Todos estos sucesos sucedieron a través de la evidente intervención de la Madre del Cielo. Sentí el llamado del Señor mientras repetía su nombre en el Rosario y   la contestación a mi pregunta llegó acompañada de tu FIAT que le abrió la puerta a la Salvación del mundo. ¡Gracias, Madre Inmaculada, por estar presente en cada paso de esta vocación!

 

También gracias a todas las personas que de una manera u otra han contribuido con su oración y sus consejos, en especial a Tití Lucy, mi primera confidente en mis aspiraciones, a mi párroco P. Raymond que me ha ayudado con su palabra y con su ejemplo, a todos mis amigos de la parroquia y a mi familia por apoyarme. Pero sobre todo gracias al Buen  Dios que me llama y a la Virgen que me guía con amor de Madre…

 

A ti, joven no tengas miedo, Dios es quien llama, por tanto es quien fortalece. Cristo y la Iglesia te quieren y necesitan para que proclames al mundo que el es ¡ABBÁ, PADRE! y que también es misericordioso. Abre tu corazón al Amor y recuerda que el amor es entrega, y el que más ama es el que entrega al vida por sus hermanos. ¡Dios te Bendiga!

 

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                                                                        (Hágase la voluntad de Dios)

 

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