¡Si Dios te llama, no temas, respóndele!
¡Si Dios
te llama, no temas, respóndele! Mi nombre es Gabriel,
y a continuación voy a darles una breve explicación de cómo ha sido mi
llamado al ministerio sacerdotal.
Durante mis años de escuela superior fui
un joven que me caracterizaba por el entusiasmo y la alegría que distingue a
la juventud actual. En esta época de mi vida tuve la oportunidad de conocer
quién realmente era Jesús, no lo que se oye decir, sino que tuve una
experiencia personal con ese Dios amoroso que me llamaba a una comunión
definitiva con él. Luego de ir poco a poco conociendo y experimentando el
amor de Dios que se manifestaba en mi corazón, mi vida comenzó a tener sentido y a gustarse en la
alegría plena que es Cristo Jesús. Dios comenzó a utilizar instrumentos
(personas) para hablarme y ayudarme a ir discerniendo mi vocación, pero, en
especial, comenzó a trabajar conmigo mismo y a indicarme cuál era el camino
que debía seguir para mi felicidad.
Tuve la experiencia de un noviazgo,
y en él fue que descubrí que el Señor me estaba llamando. Para estar seguro del llamado y poder responder con
generosidad, hice un taller vocacional en el Seminario Jesús Maestro de Arecibo, y de ahí en adelante Dios me hizo saber que no debía temer, sino
seguir sus huellas, estando al servicio de su pueblo en la sublime vocación
al sacerdocio. Salí del taller y tembloroso fui a comunicárselo a mis
familiares y a mi novia; no fue fácil, sin embargo, Dios me dio la gracia
necesaria para aceptar su voluntad. Ingresé al seminario en enero de 2006, y hoy, cuando recuerdo
ese momento, me pregunto, ¿podré haber vivido con mayor felicidad algún
momento de mi vida?, y la respuesta es clara: no; es ahora cuando la alegría
se ha desbordado en mi alma. En este momento me encuentro en el Seminario
Mayor Regina Cleri de Ponce, cursando mi segundo año de Filosofía, y no me
arrepiento de haber tomado esta decisión, sino que es ahora cuando más miro
la luz de Cristo que me conduce hacia sí y me cuida providentemente.
La
juventud actual piensa que ser sacerdote es aburrido o es casi imposible,
sin embargo, al que se atreva responder a la llamada de Jesús, que dice:
“ven y veras”, podrá experimentar el júbilo que intento describir en estas
palabras.
Exhorto a los jóvenes y adultos, que cumplan con los requisitos
que pide la Iglesia, a que no teman en hacer un discernimiento vocacional y
a nunca descartar la posibilidad de la vida sacerdotal, porque no hay un
corazón más contento que el que se deja conducir y amar por Dios. “Dios te
ama a ti como si no hubiera nadie más en el mundo a quien pudiera amar” (san
Agustín), por lo tanto: ¡atrévete, está en tus manos! Dios los bendiga y los
ayude a ser personas dóciles a su voluntad, haciendo la diferencia en medio
de este mundo que tiene sed de Amor.