¿Quién soy yo para que Dios se haya fijado en
mí?

Me llamo Arturo y tengo 19 años, he crecido en una familia de siete que me ha enseñado cualidades morales,
sociales y espirituales. Comparo esos años de convivencia familiar como un
Seminario Menor en el que recibí mi primera formación como cristiano y le
doy gracias a Dios por eso.
Fue para el año 2001 que interesado en recibir una formación cristiana más
abarcadora, conocí el Seminario Mayor Regina Cleri por medio de Mons.
Pancorbo (Párroco de la Catedral) –quien me recomendó los talleres- y Mons.
Jesús Díez Antoñanzas (quien era el rector en aquel tiempo) y que me acogió
la primera vez junto a P. Melvin Díaz Aponte (para aquellos días el Rvdo.
Diácono Melvin). De ahí en adelante comenzé a ir a los talleres de los “pequeños”.
Allí compartíamos con otras amistades, se nos daba formación sobre algunos
aspectos humanos, hacíamos deporte, giras y teníamos un trato directo con
Dios. La experiencia me gustó muchísimo, así que me animé y seguí
asistiendo con mucha frecuencia.
Luego, al cumplir los 14 años de
edad, comenzé a ir a los talleres vocacionales mensuales que ayudaron mucho
en el proceso de discernimiento. A través de ellos, Dios fue tocando mi
corazón y me invitaba a seguirle, entregando todo para formarme no como un
cristiano más, sino como Sacerdote de Jesucristo. Es algo que se pasa bien
chévere, en un ambiente alegre, con sus momentos de risa y también de
seriedad y oración con Jesús.
Ya una vez estando en la escuela
superior, especialmente en cuarto año, fue que me tomé más en serio la
llamada al sacerdocio y sin avergonzarme de sentir, experimentar, escuchar (por
medio de la oración) y ver que Dios a puesto en mi corazón la llamada al
Sacerdocio, decidí –consciente y libremente- entrar en el Seminario, pero, ¿quien
soy yo para que Dios se haya fijado en mí? ¡Qué grande es la llamada al
Sacerdocio!
Esto ha sido un poco mi testimonio,
y a ti, amigo que lees estas líneas, no dejes que nada, ni nadie te arrebate
el “tesoro escondido, la perla preciosa”, lo más grande que Dios ha puesto
en tu vida: tu vocación.